Antes de pesar toneladas, pesé ilusiones. Los hombres me miraban desde el muelle y levantaban la cabeza. Yo interpretaba aquel gesto como admiración. Nunca se me ocurrió que un día volverían a mirarme desde abajo para decidir por dónde empezar a cortarme.
Nací creyéndome eterno.
Nací en un astillero inglés, entre martillos y urgencias de guerra. Me llamaron Venerable. ¡Qué nombre para alguien que todavía olía a pintura! Después fui el Karel Doorman de los holandeses. Aprendí pronto que a los barcos nos cambian de patria sin preguntarnos.
En 1969 me vestí de celeste y blanco. Veinticinco de Mayo: ahora llevaba una revolución en el nombre. Entré en mi nueva vida jubiloso, orgulloso, arrogante. Me sentía triunfante con solo avanzar. A mi alrededor había remolcadores, saludos y uniformes; dentro de mí, una certeza de acero: aquel país iba a necesitarme siempre.
Yo podía levantar el cielo.
Los aviones corrían por mi espalda y se desprendían de mí con un rugido. Cada despegue me ensanchaba el pecho. Mis calderas respiraban; mis hélices abrían el agua. Llevaba hombres que dormían dentro de mis costillas y confiaban en que yo los devolvería a casa.
Me gustaba sentirme imprescindible. Hasta el mar parecía apartarse. Pero en 1982, durante Malvinas, también conocí el miedo: ese silencio distinto que aparece cuando los hombres dejan de hacer bromas. Comprendí cuánto había de muchacho asustado debajo de cada uniforme.
Me pedían juventud a crédito.
Envejecí por dentro antes de que se me notara desde el muelle. Mis máquinas se fatigaban. Pedía cuidados con vibraciones, pérdidas y averías. Cada reparación postergada me dejaba esperando la siguiente promesa.
Conocí ese abuso paciente: exigirme todavía la fuerza del joven mientras se aplazaban los cuidados del viejo. Mis mecánicos ponían manos, ingenio y desvelo donde faltaban recursos. Yo sentía esas manos. Por ellas aguantaba.
En 1988 proyectaron modernizarme. Imaginé motores nuevos y otra vez el océano. La falta de fondos detuvo el trabajo. Me habían enseñado a esperar una cura.
«Al principio contaba los días para volver al mar. Después contaba los pasos que todavía se oían a bordo.»
La peor orden fue esperar.
Una nave vacía tiene demasiados lugares donde escuchar su propia soledad. Aprendí el ruido de una puerta suelta, el golpe de una driza, la lluvia entrando donde antes había voces.
El óxido bajaba por mis costados. Seguía reconociendo el olor del mar, tan cerca, detrás de las amarras. Me fueron quitando equipos. Cada hueco conservaba la forma de algo que había sabido hacer.
En 1997 me dieron de baja. Para los papeles había terminado. Yo todavía sentía las mareas levantándome unos centímetros, como si el océano viniera a comprobar que seguía allí.
Zarpé sin poder elegir el rumbo.
En 2000 volvieron a moverme. Sentí aflojarse las amarras y tuve una alegría vergonzosa, instantánea: creí que regresaba.
Me remolcaban hacia Alang, en la India. Mi proa seguía abriendo agua, pero la voluntad estaba al otro extremo de un cable. Ya habían calculado cuánto valía mi cuerpo. En esa cuenta no entraban las guardias, los regresos ni los hombres que habían aprendido a orientarse dentro de mí a oscuras.
Me cortaron vivo.
La primera llama trazó una línea sobre mi piel. Esperé, por costumbre, que estuvieran reparándome. Entonces cayó la primera plancha.
Me abrieron por los costados. El sol entró en pasillos donde había reinado la luz eléctrica. Mis costillas quedaron a la vista. Cada golpe llegaba lejos, por el acero que todavía me unía.
Los hombres de la playa hacían su trabajo. Mi abandono venía de mucho antes. Mientras me descuartizaban, yo seguía recordando la vibración de un avión al tocar cubierta. Me estaban quitando el cuerpo alrededor de aquel recuerdo.
Pero escuchen: todavía vuelo.
Antes de este último viaje, algunas de mis piezas habían cruzado a Brasil. Mi catapulta había encontrado trabajo en el Minas Gerais, un hermano de acero. Mientras aquí me desarmaban, algo de mí aún servía allá.
Me aferro a esa imagen: otro mar pasando junto al casco, otras voces dando órdenes, la presión del vapor creciendo en una parte de mi antiguo cuerpo. Un avión espera. Todavía necesitan que lo ayude a despegar.
Yo, que había querido ser el centro de una flota, aprendo a vivir en un mecanismo que casi nadie mira.
Bajo la bandera de Brasil, dentro del Minas Gerais, una parte de mí todavía empuja hacia el cielo.